lunes, 10 de marzo de 2014

El irlandés

Viajaba con su laúd en el tren desde Varsovia. Había compuesto canciones de princesas, castillos y dragones dorados, juegos vanos, brújulas de péndulo que hizo con sus propias manos.
El tiempo del irlandés, era para éstos inventos y la música era su alimento. Cantaba con voz trémula en lenguas aprendidas de pasada, su acento era su escudo y su inteligencia la espada.
Sentada frente a él, una morena miraba. El irlandés contemplaba sus piernas trigueñas que se cruzaban y descruzaban con calma. El ritmo del tren le llevaba una canción a su alma, mientras pasaban los campos verdes y las aldeas cercanas. Al levantar la mirada se encontró con los ojos oscuros de la gitana. Él sintió vergüenza de mirar, como si la magia de la muchacha hubiera adivinado sus pensamientos de émbolos y vapores entre el columpio del tren, y se preguntaba si sería una experta en runas escandinavas. Le llamaba la atención su oscuro rostro escondido tras el telón de su pelo rubio, quizás fuera de Hungría o de Moravia y volvía a la cuenca del Danubio donde alguien la esperaba.
Cuando se hizo de noche, las luces de una ciudad lejana se esparcían  por los negros campos como estrellas alineadas, El irlandés cubrió con su capote el sueño de la gitana, y ésta, abríó sus ojos morunos como carbones en ascuas.
El tren seguía hacia el sur, en la frontera con Eslovaquia, esperaba la noche helada cuando se detuvo. Policías de paisano revisaron los documentos, el irlandés sacó los papeles de la funda de su instrumento, pero sacaron del tren a la gitana a desandar lo que anduvo. ¡Qué solo se queda el camino en el valle del Danubio!. Al llegar a Bratislava, sin más compañía que su viejo laúd y sin su gitana, se puso a cantar en la plaza, canciones tristes que hablaban de una princesa mora, que un día desapareció en una alfombra voladora.

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