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miércoles, 3 de septiembre de 2014

Igualados (IV)

Bajo la fría penumbra de la lona del camión donde Martín había sido destinado, se apretaban los nuevos compañeros de destino, que tiritaban bajo las mantas. Él era un paquete más entre la silenciosa carga humana a la espera de un reparto incierto.
Martín comprendió que en determinadas circunstancias, en las precisas circunstancias que él mismo había vivido en las últimas horas, todos los hombres podían ser igualados, cuando las cualidades y las imperfecciones que caracterizan a cada individuo desaparecen y la sociedad se convierte en un montón de carne sucia y hedionda, cuando la dignidad y los valores humanos se esfuman y no queda más que un compendio biológico de células que siguen su camino para mantener la vida. ¿qué más da su afinada sensibilidad por la música?, ¿los conocimientos adquiridos por la educación y la experiencia?; cuando ante los ojos de la muerte no existe diferencia alguna y los hombres se matan bajo el análisis hipócrita de la comunidad internacional, disfrazada de ayuda humanitaria, que como un engañoso caballo de Troya, esconde en su seno el negocio armamentístico.
Martín debía tocar su violín en ésta parte del concierto en que el director había sido sustituido por militares insensibles a una improvisada partitura.
Sus temblorosos compañeros de viaje, seguían en silencio, sin esperanza, aguardando un destino que los devolviera a sus respectivas realidades y les devolviese sus diferencias. Quiso ver una llamarada de luz en aquellas miradas temerosas e huidizas, pero el terror se había apoderado de los espíritus. Quizás alguno pensaría en un plato de comida caliente sin resignarse a un cruel final por inanición.

En un bache del camino el camión dio un bote y un hombre joven saltó fuera del vehículo, pero sin darle tiempo a levantarse fue ametrallado desde el coche de escolta que los seguía. Nadie se detuvo excepto el cuerpo inerte que quedó tendido bajo las ruedas del convoy.
No había transcurrido mucho tiempo cuando los camiones se detuvieron en un descampado y los hombres fueron obligados a descargar y montar las tiendas de un improvisado campamento. No se veían alambradas ni nada que pareciera encerrar a los desorientados viajeros que obedecían las órdenes dócilmente. A medida que los camiones eran descargados, se alejaban por el camino empinado hasta que el rugir de los motores iba desapareciendo.  Cuando todos los retenidos hubieron ocupado las tiendas, se escuchó el silencio. Los últimos motores de los vehículos de escolta habían dejado de escucharse, y una voz dijo "Se han ido", "Se han marchado todos!", "Por fin somos libres".





viernes, 1 de agosto de 2014

Igualados (III)

Martin ya no se preguntaba por su futuro, sino en cómo sobrevivir una noche más. Había superado la pérdida de la dignidad humana cuando, después de tan largo viaje, las tropas rusas trasladaron a los viajeros hacia unos barracones o establos donde se hacinaban como ganado. Semidesnudos, los cuerpos se apretaban unos contra otros buscando el calor en una noche gélida en algún lugar del este de Ucrania.
Había visto cosas horribles en pocos días, un hombre desfallecido o medio muerto era devorado por los perros de los guardianes. Un hombre más, que podría ser cualquiera, incluso él mismo; que podía tener familia o incluso una mujer a la que había amado y acariciado con la ternura de sus manos desmembradas por los perros. Martín miró sus propias manos de músico y movió los dedos sobre un violín imaginario.
La música lo sacó por unos minutos de su encierro, voló con el "Meuvement perpetuel" de Niccolo Paganini y sintió un escalofrío cuando la música recorrió sus entrañas.
Ahora era un trozo de carne más sobre el montón de despojos en el que se encontraba, que le igualaba a la condición de los que lo habían perdido todo, menos la vida.
Martín pensaba que estaba vivo porque vivía en el pensar. Con los ojos cerrados se olvidó de ser y de estar, ahora era otro, el que alguna vez soñó ser, inaprensible, etéreo, evanescente como la música, que se desliza en torrentes entre la penumbra hedionda del cubículo infrahumano donde su cuerpo se encontraba.
Había alcanzado un estrato superior, sobrevolando los oblícuos campos del dolor y de la muerte, cuando una intensa luz atravesó sus párpados, aún apretados, y pudo escuchar en un lenguaje familiar, las órdenes dirigidas a los viajeros que les impelían a salir a la claridad del mediodía.
No podía creer que fueran liberados, le pareció algo tan falso como los sueños, pero volvió a sentirse igualado al grupo silencioso y desfallecido que se dirigía hacia la luz exterior como un rebaño que se apresura desde la tenada hacia los pastos.
En la explanada se aparcaba un convoy de camiones militares que nadie podría decir si eran rebeldes o tropas extranjeras las que ocupaban el recinto. Los soldados repartieron la primera comida en siete días. Una cuchara a cada uno y una perola de sopa caliente donde flotaban trozos de pan desmigado, para cada ocho personas. Mientras esperaba su turno para meter la cuchara en la olla, Martín pensó en la capacidad de recuperación del ser humano. ¿Sería posible devolver la dignidad a quienes en tan breve periodo de tiempo, parecían haber perdido todo lo que de humano tuvieron?. Algunos eran incapaces de recordar su nombre, cuando los militares procedieron a la identificación de los viajeros.
Fueron separados en grupos, por su lugar de procedencia o por el destino que alegaron y conducidos a diferentes camiones del convoy.
Martín no preguntó nada y se sorprendió al comprobar que, durante todo el periplo vivido, no había establecido relación alguna con sus compañeros de viaje, con los que apenas había hablado. A medida que la vida se iba haciendo más reconocible, de vuelta a su absurda frivolidad y a sus ridículas obsesiones por el sexo o los placeres más frugales; los pasajeros iban recobrando la compostura, volvían a humanizarse cuidando las apariencias con las mantas y los uniformes que los soldados repartieron...

jueves, 24 de julio de 2014

Igualados (II)

Martín terminó la última página y cerró el libro de Jorge Villalmanzo, cuando el tren se detuvo en la frontera ucraniana. Aún estaba fascinado por lo que acababa de leer, por el ingenuo optimismo literario del autor de "Un japonés en mi interior", cuando irrumpió la voz de metal en los altavoces que conminaba a todos los pasajeros a abandonar los vagones y que dejaran todo el equipaje dentro para la inspección aduanera. Martín obedeció, pero se resistió a abandonar su violín y se puso a la cola del pasaje que se movía lentamente hacia las dependencias de la inmigración.
De nada sirvieron sus protestas cuando le arrebataron el violín en el registro, y un conato de rebelión por parte de los viajeros fue silenciado por una ráfaga de fusil que dejó a un hombre tendido sobre el arcén.
Los viajeros fueron dirigidos hacia una flota de autobuses policiales con las ventanas enrejadas, donde se hacinaban como ganado porcino rumbo al matadero. La mayoría permanecía de pie, porque aunque habían sido desmontados los asientos, apenas quedaba espacio para sentarse en el suelo del autobús.
Un hombre comentó que podían haber caído cómo rehenes para un intercambio de presos de guerra, pero inmediatamente, fue rebatido por otro que pensaba en la posibilidad de que se hubiesen requisado los transportes para la contienda, porque se dirigían al suroeste bordeando la frontera con Moldavia, también hubo comentarios desesperados y otros disparatados acerca del futuro que los aguardaba. Una mujer sollozaba entre un bosque de piernas y zapatos que ya desprendían un olor asfixiante.
A medida que descendían hacia el mar Negro, la temperatura exterior se refrescaba, pero en el habitáculo hermético de los autobuses, el calor humano brillaba en los cuerpos sudorosos que poco a poco se habían despojado de sus prendas de abrigo.
En una curva cerrada los cuerpos chocaron amontonándose pegajosos y pudieron ver cómo el autobús que les precedía en el convoy, se salía de la carretera despeñándose por el barranco. El coche en el que viajaba Martín se detuvo bruscamente, y los cuerpos volvieron a enracimarse como marionetas en una caja agitada por un niño. A través de la cuadrícula de rejas de las ventanas, pudieron ver al conductor y el escolta del autobús siniestrado que subían a un coche patrulla, por lo que comprendieron con horror, que los pasajeros habían sido abandonados a su suerte antes de precipitarse al vacío.
Un hombre de nariz aguileña, barrigón y de modales bruscos como un polichinela, cayó sobre Martín cuando el vehículo arrancó de nuevo. El calor y el hedor a pocilga se hacía insoportable, porque hombres y mujeres se hacían encima sus necesidades. Alguien rompió el cristal de una ventana a cabezazos y entró una fresca brisa por el enrejado que por unos momentos alivió a la masa humana del habitáculo....

sábado, 12 de julio de 2014

Igualados (I)

La vieja estación esperaba el primer tren del día, antes del amanecer. Un desconocido dormía bajo un sombrero de fieltro a su lado, porque ya no quedaban asientos libres en la sala de espera. Martín aún mantenía los ojos abiertos a pesar del cansancio y la interminable espera por el retraso inexplicable del tren, que hacía que se amontonasen los viajeros con los que pretendían subir al siguiente expreso.
Martín vio a una anciana que trataba de sentarse en el suelo a duras penas ayudada por una mujer cargada de maletas y le cedió su asiento; la más joven, que podría ser su hija, se lo agradeció con la mirada y se sentó en el suelo al lado de su madre. Un grupo de jóvenes universitarios hablaban en voz baja apoyados en la cristalera que separaba la sala de los andenes. Las puertas automáticas permanecían abiertas debido al trasiego constante de viajeros que salían y entraban hacia las vías.
Martín avanzó entre la gente hacia el primer andén desde donde se podía respirar el aire acre de betún de la noche. Levantó la vista hacia la ranura de cielo entre las cubiertas de los andenes y vio cuatro estrellas trasnochadoras, las últimas en despedirse de la madrugada, que avanzaba inexorable.

Hacía diecisiete años que Martín no visitaba a su familia en Lviv, en el oeste de Ucrania, desde que fue a estudiar a Salzburgo, donde se graduó en el conservatorio superior y posteriormente alcanzó una plaza de violinista en la orquesta sinfónica de Innsbruck. Ahora, estaba preocupado por la guerra, cuando le avisaron de la muerte de sus padres en los primeros días de la revuelta, y decidió regresar a casa de sus abuelos, pero no encontrando un vuelo para ese día por motivos de estrategia militar, decidió viajar en tren a Budapest y desde allí tomar el interail a Lviv.
Por fin llegó silencioso el tren con destino a Budapest, desprendiendo un fuerte olor a bobinas recalentadas y una avalancha humana se lanzó hacia los vagones más próximos. Martín consiguió abrirse paso hasta su coche cama.Tenía veinticinco horas de viaje por delante y apenas había dormido la última noche en Innsbruck.
Compartía vagón con un profesor de la facultad de ingeniería de Budapest que regresaba de un congreso y con un comerciante judío que emanaba un cierto aroma a perfume barato. La litera superior estaba ocupada por un hombre que roncaba, pero Martín cayó rendido en su cama cuando la claridad de la mañana se abría paso sobre el perfil de los montes del este.
El transbordo en Hungría fue rápido a pesar de los trámites en los puestos de control de la inmigración y pronto Martín estuvo a bordo del interail que le llevaría a su tierra natal en Ucrania.
Se preguntaba cómo habría cambiado Lviv en su ausencia y qué es lo que le esperaba, cómo estarían sus abuelos después de haber perdido a su hija y su yerno en la guerra, y si le reconocerían después de tantos años...

martes, 11 de marzo de 2014

la nube

Vaga solitaria sobre la campiña, cargada de blancos pompones. La mira en silencio la niña, pidiendo en secreto núbiles deseos y la nube suspira como diciendo," Qué puedo hacer yo que no duraré mucho tiempo, hasta el próximo aguacero" y la niña le responde: "Puedes hacer un gran osito de felpa blanca, que me acompañe en las noches y en  los sueños "...La nube se fue deshilando de risa, y en lo alto se fueron formando las orejas y la nariz de un gran oso blanco.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Las dos islas




Hay dos islas gemelas flotando en el océano, separadas diez o doce leguas de mar; una distancia imprecisa, porque parecen acercarse poco a poco a través del tiempo, como si de dos floridas balsas se tratase.
En el cuaderno de bitácora del Almirante, quedaba constancia de su existencia a quince o veinte leguas al Sudeste de su punto de partida, por lo que los marineros no alcanzaron a verlas con los ojos, y tampoco pudieron señalar la derrota, que los indios aborígenes de la zona les indicaron.
Cabía la certeza de que estaban habitadas. La isla Matinio únicamente estaba poblada por mujeres y Carib era la isla de los hombres.
El Almirante escribió en su diario de abordo: "En cierto tiempo del año, venían los hombres de Carib a la isla de Matinio a ver a las mujeres.
Si parían niño, enviábanlo a la isla de los hombres y si niña, dejábanla consigo".
Pasado éste tiempo, los hombres tenían prohibido permanecer en la isla Matínio y debían regresar a Carib solos, sin llevar mujer alguna en sus rudimentarias canoas.

Uno de aquellos indios de nombre Chacao, como el gran Hércules americano, tenía un hermoso cuerpo y su pelo estaba adornado con plumas de papagayo. Chacao quiso quedarse con Yavira, el día de la despedida. No quería esperar hasta el próximo tiempo para volver a visitarla, por lo que había comenzado en la construcción de una canoa pequeña que escondía entre la restinga y los manglares.
Sabía que de no regresar con los hombres a Carib, jamás podría volver a pisar la isla, pero también sabía que no podría quedarse en Matínio porque las mujeres no se lo permitirían.
Pero había oído hablar a los ancianos caciques, de una tierra al Noroeste que se elevaba sobre el azul del océano como una montaña surgida de las aguas, toda de roca tajada a la que los cristianos llamaron
Cabo del Enamorado; y que tras él se escondía la boca de un gran río que descendía por hermosos  valles hasta el abra.
Chacao le contó a Yavira sobre todo esto, y juntos elaboraron un plan para salir de Matínio la noche antes de la partida de los hombres, cuando el viento estuviera sosegado y el silencio fuera grande.
Navegarían en su canoa rumbo al Noroeste, alejándose así de las islas gemelas y orientándose por las estrellas.

Por la mañana, los hombres lo echaron en falta y lo buscaron por las casas y rincones de la aldea, hasta que decidieron partir sin Chacao, cuando las mujeres hablaron de la desaparición de Yavira.
Hubo rumores de secuestro y otros decían de los embrujos y sortilegios de Yavira para hechizar a Chacao o de hacerlo desaparecer en las aguas.

La única verdad, es que nunca volvieron. Porque el que nada tiene, nada deja; y no regresa el que lleva consigo lo que más quiere.




domingo, 12 de mayo de 2013

Fábulas del otro lado del charco.




A este lado del charco, hay un mundo azul claro, iluminado por la luz del día, por la verdad, por la esperanza, donde brilla el amor y la calma, las palabras amables, el orden, la belleza, el equilibrio, la limpieza y en los cuentos se escucha el canto de las sirenas.
Al otro lado del charco, hay otro mundo azul oscuro, tenebroso y frío, con un cielo nocturno agujereado por millones de estrellas que dejan ver la luz como una ventana cerrada por una cortina vieja; donde habita el rencor, la crueldad y la violencia, donde se confunde la corrupción con la justicia.

Pero no hay una línea clara, ni una marca que separe a los dos azules como el horizonte marino, sino que se funden, se superponen  sus reflejos en el charco y se mezclan de tal manera que resulta difícil mantenerse solo en uno de ellos. Ni tan siquiera los bordes están definidos, El perímetro del charco se puede circundar o sobrevolar en poco tiempo cambiando fácilmente del azul claro, al azul oscuro más profundo y atractivo, y viceversa.
De cualquier forma, se trata de sobrevivir simultáneamente rodeado por las aguas claras y bucear en la oscuridad que esconde los enigmas de la vida.

Cada año, al menos una vez, sobrevuelo ese azul indefinido, como un mapa del cielo que cambiase con las horas. Me dispongo para el cambio, para defender lo que en este lado desprecio, cuando desde el lado oscuro de la ignorancia se ataca la ética y las costumbres del otro lado del charco, de forma indecente.
No dejo nada mas que tiempo y algunos recuerdos, que insisten en acompañarme.
A medida que se acerca el día, ordeno mis cosas, como borrando las huellas que el tiempo vivido hubiera dejado en éste lado del charco.
Me fascina la idea de un retorno imposible a lo inolvidable, a los días frenéticos de subsistencia emocional, a las noches de vino y abandono, a las ruinas del pasado, a la lentitud de la lejana infancia.
De alguna imprecisa manera, es como vivir el futuro que se erige sobre el temor a una degeneración, a una vuelta atrás, según las nuevas circunstancias, en que todos los esfuerzos por mejorar y salir de una situación que otros veían incómoda; hubiesen sido baldíos.
La idea de recomenzar siempre es algo sugestiva. Aún recuerdo una frase escrita en la pared: "Es más fácil tener un hijo que resucitar a un muerto". Pero a pesar de lo lapidario de la frase, encierra la seducción de lo difícil.
Cuando llegue la hora, dejaré que el agua bañe mi cuerpo sumergido en ese azul cristalino, confuso, de éste charco sin lados y sin orillas, pero que desde donde quiera que esté, siempre sabré que más allá, hay un sitio que me espera.

lunes, 11 de marzo de 2013

El tesoro humano..





Aunque esto es un cuento, mi niña, todos los que participaron en esta historia no lo sabían. Pensaban que estaban viviendo la vida que les tocó, en un tiempo y unas circunstancias determinadas; exactamente igual que los que viven ahora, que creen vivir una realidad que no existe, porque también es un cuento, que dentro de muchos años alguien contará a una niña como tu, como si realmente hubiera sucedido.

Tardaron mucho tiempo más de lo previsto en llegar a la costa del áfrica negra los tres jabeques sin bandera y sin origen. Fondearon alejados de la tierra con los cañones cargados y se acercaron en chalupas con los perros y las armas ligeras. Los lugareños eran jóvenes que se apiñaban en la playa para recibirlos con toda la curiosidad que despertaron las arboladuras de las embarcaciones y gritando de alegría en lenguas extrañas. Los marineros no tuvieron que usar las armas. Apenas una mueca del contramaestre Lutero, era suficiente invitación para que aquellos jóvenes, saltaran a las barcazas que les llevaban a las goletas, donde eran conducidos a las bodegas. Una vez que se hubieron aprovisionado con las frutas que ingenuamente les regalaron, zarparon rumbo al oeste.
Durante la larga travesía, la masa negra apiñada como ganado en las bodegas aún no era consciente de su destino.
-El capitán ha cambiado de opinión. Le comunicó el segundo de abordo a Lutero. -No piensa ya en vender la carga, sino en abandonarla.
-Él sabe lo que hace. dijo Lutero. No seré yo quien cuestione sus decisiones.
Arribaron a la primera de las islas localizadas en sus mapas de navegación y dejaron libres en ella a los ocupantes de una de las seis bodegas.
Siguieron la ruta prevista y fueron liberando en distintas islas al resto de los hombres y mujeres que transportaron desde los confines de la tierra negra.
Aquellos jóvenes sin alma, trataban de consolar sin resultado, a las mujeres y las niñas que habían sido forzadas durante el itinerario, día y noche por cada uno de la tripulación.
Dicen que había pasado el invierno, cuando los tres jabeques emprendieron el regreso, aunque por estas latitudes del trópico no se notaban grandes diferencias termales. El azul lo cubría todo, porque el horizonte marino se confundía con la bóveda celeste, en una extraña bruma durante el día y la inmensa oscuridad del océano traía un tenebroso silencio en las noches.
El capitán Clark, ordenó seguir el mismo rumbo a la inversa y por la misma senda que cuando llegaron  al estuario de la Plata, aún sabiendo que les llevaría otro año de regreso si hacían las mismas escalas.
No les había dado tiempo a gastar el botín de los bajeles que encontraban a su paso y los cañones destrozaban. Apenas tenían bajas entre la tripulación, solo Bertoldo que murió del beriberi de tanto comer arroz blanco y Wenceslao que se clavó un arpón al caer del palo de mesana y sus cuerpos fueron arrojados al agua.
Apuntaba la madrugada del segundo año, cuando divisaron la última de las islas donde arrojaron la negra carga africana. La playa les recibió vacía y sin rastros de  vida. Vadearon una zona pantanosa cubierta de manglares y se internaron a pie entre la maleza, con los perros y la pólvora a buen recaudo.
El aleteo de una exótica ave zancuda provocó el primer disparo y los perros se alarmaron. Lutero y sus hombres, descubrieron a una aterrada madre que protegía a su hijo entre los brazos; apenas sus pechos caían, adornados con pezones de azabache. La cubría la cintura una tosca tela de fieltro y de su pelo colgaban abalorios de piedras del desierto.
-¿Quién te ha dado todo esto? le preguntó Lutero, pero solo respondieron los gritos de la madre cuando  le arrancaron al niño de entre los brazos. -¡Contesta! si quieres tener al niño.
Pero viendo lo imposible de conseguir una respuesta, les llevaron ante Clark, madre e hijo por separado.
-¿Alguien la reconoce?. Pregunto el capitán a sus hombres.- ¿Os habéis fijado en el niño?, quien responda podría ser el padre.
Hubo un murmullo entre los marineros, habían pasado dos años, la chica era una madre y nadie se hizo responsable.
-¿Dónde están los demás?. Pero ella no entendía su lenguaje.
La llevaron a empujones hasta el nido de ramas donde la encontraron y descubrieron un camino por el que alguien había pasado antes. Ella les condujo entre graznidos de aves, por sinuosos senderos hasta un claro del bosque.
Vieron algunas chozas de palmeras y de estambre. Un aroma de algo asado o haciéndose al fuego, se propagó por el aire. Había familias jóvenes, supervivientes de aquella exploración que terminó en abandono, pero la isla tenía recursos para alimentar a sus nuevos habitantes y estos fueron fuertes, forjados en su primitiva tierra que no ofrecía mejores condiciones.
Clark contuvo a sus hombres. - Esto es el tesoro humano- les dijo, -Lo que yo venía buscando, no como mercancía o esclavos, sino como descubridores de otros mundos habitables. No solo han sobrevivido, sino que, como veis, han comerciado. Tienen telas y abalorios de otras expediciones que hasta aquí han llegado, y tomándoles por oriundos, con ellos hicieron tratos.
Luego el capitán se dirigió a Lutero, - Soy capaz de concebir peores formas de esclavitud que la nuestra, en un futuro no muy lejano, cuando los hombres se crean libres por no conocer a su amo. Porque el amo no tendrá rostro, ni una ridícula barba como la tuya, pero serán sometidos por invisibles cadenas a una vida sin lucha, resignada y sumisa al poder de un sistema que los tiranice y muchos de ellos se sentirán indignados. Ahora mira a ésta gente, que no tienen alma dicen, pero sonríen y se quieren y viven contentos por tener lo que ellos mismos consiguieron. Aman a sus hijos blancos igual que a los negros y darían la vida por ellos. Devolved a esta mujer con su hijo y dadle ropas y alimentos y todos los instrumentos que puedan utilizar para alejar el sufrimiento.
Así, una por una, regresaron las goletas a las islas, comprobando que solo en la última se perdió el tesoro humano y no hubo sobrevivientes de aquellos que abandonaron. Clark buscó una excusa para alejar de su conciencia tan imperdonable pecado. Dijo que aquella isla estaba dominada por el diablo que retiró los frutos de las palmeras y las bestias y el pescado.
Para redimir tanta culpa, pidió a sus hombres que lo dejasen en la isla del diablo y regresaran al mando de Lutero a su puerto de contrabando.
En la blanca playa desierta quedó el capitán solitario, buscando en su corazón el verdadero tesoro humano.














domingo, 10 de marzo de 2013

Caracolas





No, no es verdad, preciosa mía, que por una caracola se escuche el mar,
son los ruidos que produce el caracol de tu oído al sentir la proximidad de esa caracola, que ha venido del océano profundo y le habla con susurros de nácar y de coral con un lenguaje secreto que nadie puede descifrar.
Palabras imprecisas de un idioma misterioso y concreto disfrazado de rumbosas olas, para que nadie sepa nada del amor entre tu caracol y la caracola, que le trae desde tan lejos la música de la paz.
Buscan en tus oídos,
esas blancas caracolas,
el camino del amor,
que lleves con sonidos,
de flautines y violas,
su mensaje al caracol.
Por eso te dijeron que suena el mar, pero es tan bella, mi pequeña; la mentira como la verdad.
Cree todo lo que digan, porque todo es un cuento, unas veces es de risa y otras solo es un sueño, pero tu eres la que elige ser sirena o ser un hada, que para eso se inventó la vida, no para estar preocupada por cosas sin importancia, que nunca bien acaban.
Sueña con marineros audaces, con el sonido de las caracolas, con los vientos que son capaces de agitar a las amapolas. Sueña, sueña tu propio sueño y se siempre la protagonista  de tu hermoso cuento.


sábado, 9 de marzo de 2013

Por los pelos




-¿Hoy no me traes un cuento?
-Claro que sí, princesa, ¿que cuento quieres?, ¿uno de viajes peligrosos o un cuento de duendes y gnomos?, ¿un cuento de risas o un cuento tenebroso y de miedo?...
-Quiero que me cuentes por qué tienes unos pelos blancos y otros negros.
-Ah! eso si que es un cuento...
Dicen, desde hace mucho tiempo, que todo depende de las historias que se encuentran en del cerebro,
si son historias antiguas y hermosas, salen los pelos blancos y si son romances que duelen o secretos miedos , salen negros.
Yo tengo pelos traídos por Jasón en uno de sus viajes con los Argonautas y otros pelos que proceden del dolor, de una flecha perdida de Cupido que me hirió por equivocación.
Estos de aquí me salieron cuando regresé de la isla de los murciélagos en aquel precioso velero que me rescató de los días de soledad y tristeza cuando mi barco naufragó. Sin embargo éstos otros pelos, salieron en la convalecencia después de la operación, cuando me sacaron las penas y las angustias de dentro del corazón. Luego viví en el paraíso de un nuevo continente, donde los días eran lentos y azules y el verano indolente y sin prisas. Me dejé llevar por una sirena que cantaba canciones extrañas cuando me peinaba mis pelos verdes con peines de plata.
Tuve pelos de piedra, cuando disfrazado de estatua, contemplaba a Rodín trabajando "el beso" en un estudio de Francia. Y estos pelos del infierno los heredé de Dante y salieron como llamas, retorcidos, incoloros, espesos.
He visto en cabellos ajenos, otras historias, otros cuentos, blancos, castaños, rubios y negros, del color de la noche, del dolor y la risa, teñidos por la pasión o naturales como los sueños.
Cuentos de sala de espera, que escuchaba desde niño, por ser hijo y nieto de peluqueras.

Hay un momento en la vida, en que los pelos cambian de color y de forma, niña mía, cuando los tiempos se mezclan y el presente te recuerda esas historias vividas tan lejanas y tan tiernas.
Unos blancos y otros negros, ¿qué se yo? se mezclan en este bosque misterioso que llevo bajo el sombrero. A unos les da la luna y otros toman el sol.




viernes, 8 de marzo de 2013

El Rey Necio




Ahora que estás dormida, te voy a contar un cuento, que tus sueños cambiarán a medida que se hace el día.

En un lugar muy lejano, había una vez un país oculto por muchos años bajo una gran sombra, pues nunca le daba el sol.
Las gentes que lo habitaban, estaban tristes y cansadas de esperar a que la sombra pasara y volver a ver la luz por la ventana. Hasta que un buen día, aquella sombra se resquebrajó en pedacitos entre los cuales comenzaba a verse el sol. Pero aquellos restos de sombra ocultaban y protegían  a un necio que apareció así, de golpe, sin que nadie lo esperara diciendo "Yo soy el Rey y esta es la Reina"
¿Pero el Rey y la Reina de donde, de quién? la gente se preguntaba.
Las sombras que lo seguían, consiguieron imponerlo, obligando a las gentes del pueblo a darle un palacio y a entregarle el reino.
Aunque pasó mucho tiempo tratando de aprender a leer, nunca llegó a convencer, de que fuera más que un intento. Parecía retrasado cuando hablaba, aquel Rey necio, pero era ambicioso y le gustaba disfrutar de los lujos y placeres que la corte le regalaba.
Pasaron las primaveras y el palacio se fue llenando de princesas y principitos que crecían y se multiplicaban a la luz del Rey necio, surgido de la gran sombra que a sus súbditos asolaba.
Cada día que pasaba la miseria se extendía por el reino, a medida que aumentaban las riquezas del Rey necio y ambicioso y de sus esbirros en la sombra, que guardaban con celo el palacio y sus tesoros.
Volvió la tristeza azul, a las gentes que perdieron sus casas y sus trabajos, volviendo a la umbrosa vida de antes, mientras el necio Rey disfrutaba, muy lejos de su reino, cazando elefantes.
A las pobres gentes del reino, nadie les prestó auxilio, y volvió la insoportable espera. En las calles y en las plazas, el pueblo clamaba "Que venga el mago de La Chistera y conserve al necio Rey muchos años, pero lejos, en el exilio"
Pero pasaba el tiempo y el mago no viene, porque quiere que sea la gente la que termine este cuento.

-¿Qué sabes tú, niña mía, de reyes, sombras y engendros?, cuando despiertes, con los ojos abiertos,  mañana será otro día.


jueves, 7 de marzo de 2013

Mariluna





Si me prometes hoy, no dormirte antes de que termine el cuento;
te contaré la historia de una niña como tu, que se llamaba Mariluna.

Mariluna la pusieron porque nació en un barco una noche azul de luna llena.

Su padre se llamaba Wilberto y su mamá Yesena
y entre los dos la arroparon con una manta de fieltro.
Mariluna abrió los ojos en el mar abierto,
cuando temblaba la luna en las aguas del estrecho.

Creció en tierra firme, al otro lado del gueto
en una casa muy pobre, compartida con otros negros.
Yesena la cuidaba en las largas ausencias de Wilberto
y cuando caía la noche, brillaban las olas de su pelo.

Muy pronto fue a la escuela a aprender el alfabeto,
y oía a los otros niños hablar en lenguas extrañas
con palabras diferentes, con diferentes acentos
que los que oía a Wilberto cuando reñía a Yesena

Pasó muy pronto el tiempo, porque muchas cosas ocurrieron.
Mariluna vive sola. A su padre devolvieron al otro lado del mar
y largas noches sin luna vio a Yesena llorar, antes de que muriera.
Dejó sin acabar sus estudios en la escuela, para trabajar en un bar.

No sabe que es ser extranjera, pero dicen los clientes que tiene la luna en sus dientes y su pelo huele a mar. Mariluna no hace caso, pero al salir del trabajo, corre a abrazar a las aguas que llegan desde el estrecho, mientras se enciende la noche en su pecho y las olas de su pelo brillan como la luna.
Así empieza la historia de una niña como tú que nació en una patera.

-¿Sigues despierta, princesa?
-Sí, esperando el final, ¿vendrá a ver a Mariluna el hombre de La Chistera?
-Si ahora te duermes, el hombre de La Chistera se pondrá muy contento y mañana, después de ver a Mariluna, te traerá otro cuento.





miércoles, 6 de marzo de 2013

El Mago





Acércate, te voy a contar un cuento.
Hace muchos, muchos años en un país como este, la gente vivía descontenta porque no tenía trabajo y la miseria llamaba a las puertas.
Estudiosos jóvenes rondaban en los andenes del puerto con ganas de poner en práctica sus conocimientos, o soñando con embarcar hacia un futuro incierto. Algunos fueron alistados como galeotes a remar sin sueldo y otros tantos llegaron a un acuerdo indigno y en silencio.
Juan era uno de ellos. De los que desesperan sentados en los andenes del tiempo.
Desobediente, incoherente e incorrecto; se rebela; algo le sacude por dentro, aunque no sienta patria ni bandera.
Cuando la rabia salió hacia fuera, saltó al abordaje de un buque, con su espada de madera.
Recibió treinta latigazos por su atrevimiento.
Pero no te asustes niña mía, que esto es solo un cuento.
Cuando echaron de la casa a sus padres, Juan  les buscó alojamiento en una lonja del puerto que había sido abandonada en la noche de los tiempos. Hicieron una fogata para calentarse los huesos, en una noche azul de marzo cargadita de luceros.
La mañana reluciente trajo a la cala un velero, solo un hombre descendió y en una barquita de remos se acercó a la dársena del puerto. Cubría su cabeza con un viejo sombrero de copa negro como los que a veces usan los magos y los banqueros. Todos los que le miraban quedaban petrificados al momento, estibadores inmóviles soltaban sus pesos, los que aún faenaban dejaban de hacerlo, capitanes y grumetes quedaron dormidos en sus puestos, hasta el fuego dejó sus llamas congeladas en el viento, y como por arte de magia, toda la mercancía seguía al forastero como si estuviera viva. Monedas de oro y plata, sacos de coloniales, pianos, muebles y hasta una pareja de cabras que despertó de su letargo con tan solo acariciarlas.
Fue directo a la lonja donde Juan y su familia lo miraban incrédulos. Les entregó los presentes que le acompañaban al vuelo, y le dijo a Juan que aceptase lo que le correspondía por su valor y su celo al cuidar de su familia como pocos saben hacerlo. Luego se dio media vuelta, aquel hombre del sombrero y desapareció entre las aguas a bordo de su velero.
Cuando la vida volvió a la ciudad del puerto vieron a Juan contento, con nueva casa y nuevas ropas y una nueva espada de acero. Su familia ha repartido entre todos los del pueblo lo que siempre fue del pueblo y todos vivieron felices pero...te has dormido niña mía, no esperaste al final del cuento.Quizás mañana cuando despiertes del sueño, el hombre de la Chistera Negra, traiga para ti otro nuevo.