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domingo, 19 de octubre de 2014
La costumbre
Hace 100 años que el arte se apartó de la belleza para seguir el camino de la fealdad.
Lo fácil, lo rápido o lo instantáneo se ha asumido como sustituto de la inspiración creadora y del trabajo. Instituciones, mecenas, mercaderes y subasteros invierten en tremendos gastos de afeamiento y se benefician de la reventa. Nos convencen de que la poesía es un lienzo y la pintura un sueño. La arquitectura es diseño y la cultura un cuento. A un engendro lo llaman escultura y a la música un momento.
La naturaleza nos enseña la armonía, las curvas del universo, la inexistencia de la recta y la ausencia de la simetría. Que nada es exacto y sin embargo todo se mantiene en un equilibrio perfecto. Pero cuando nos alejamos de la naturaleza, necesitamos reinventar la belleza, crearla a nuestra imagen y semejanza, aunque para ello tengamos que atravesar su corazón con aristas cortantes, envenenarla con ungüentos artificiales.
La erosión de la estética por el tiempo, ha creado nuevas formas, nuevos vellocinos de oro a los que adorar, para cubrir el escalofriante vacío que dejó la belleza. Cuando la vagancia de la costumbre nos impide movernos hacia otros paraísos donde se acomodan los sonidos de las aves con las aguas del desierto y los colores de las horas que atraviesan el firmamento se combinan con lejanas fragancias transportadas por la lluvia; quizás no sea demasiado tarde para encontrar algún vestigio de la belleza en Marte.
miércoles, 21 de mayo de 2014
La lucidez
Vive dentro de la locura, ilumina el dédalo donde se pierde la razón y confunde a los que creen que aciertan.
Una cegadora y efímera luz interior deja ver un instante el camino incierto que serpentea hacia un final irrevocable. Nadie se detiene. El tupido bosque que parecía inexpugnable, se ha llenado de frías huellas de los monstruos que creó la imaginación.
Un niño llora cuando se callan las horas. Le asusta el silencio, pero decide destruirlo con su propio llanto y lo vence momentáneamente. Quisiera llorar eternamente como las olas del mar que hicieron huir al silencio para siempre.
Si pudiera volar, no sería un halcón ni un ave majestuosa que planea silenciosa sobre la playa desierta; sería un mosquito zumbón con el ruido de un cuatrimotor, y se abriría el aire azul para dejarle paso. No piensa en el final, en que podría estrellarse contra el faro de un coche. Viajaría hacia la luz, sorteando las largas lenguas de anfibios depredadores. Buscaría su alimento en la sangre viva de quienes por su gran tamaño lo desprecian. Libaría la esencia de las flores que se le ofrecen ingenuas en su belleza.
Esperando al verano entre las ruedas del viento, duerme el niño cansado de tanto estar despierto.
viernes, 21 de marzo de 2014
LAS OTRAS VECES
A veces soy feliz como un niño, sin una aparente razón, solo porque sale el sol entre las nubes, o por un momento de despreocupación en el que uno se siente ausente.
A veces soy gaviota soñadora que tiembla y se alza sobre las aguas azules, sin dejar espacio al recuerdo ni al momento siguiente.
A veces me pierdo entre la maleza y disfruto de la Naturaleza que acuna mi conciencia, aún sabiendo que no hay dos días iguales ni diferentes
A veces río por cosas sin importancia, por algo exagerado o ridículo; por dudar de la evidencia o por el guiño de un pensamiento adolescente.
A veces tengo la certeza de ser un hombre afortunado y no me importa estar equivocado, si conservo la alegría inmortal que con la pena se entiende.
A veces camino por la frontera entre la razón y la locura, sin preocuparme demasiado por la lucidez o la incoherencia de los acontecimientos presentes.
Pero las otras veces, cuando lo de afuera penetra en lo íntimo del ser, se abre un paisaje devastado. Todo lo razonable y lo miserablemente humano se mezcla en una pócima que debo beber de un trago.
Las otras veces miro por "el telescopio de lo invisible" por el que M. Proust veía los recuerdos en los ojos oxidados de los viejos y contemplo el futuro en el oscuro espejo del pasado.
A veces soy gaviota soñadora que tiembla y se alza sobre las aguas azules, sin dejar espacio al recuerdo ni al momento siguiente.
A veces me pierdo entre la maleza y disfruto de la Naturaleza que acuna mi conciencia, aún sabiendo que no hay dos días iguales ni diferentes
A veces río por cosas sin importancia, por algo exagerado o ridículo; por dudar de la evidencia o por el guiño de un pensamiento adolescente.
A veces tengo la certeza de ser un hombre afortunado y no me importa estar equivocado, si conservo la alegría inmortal que con la pena se entiende.
A veces camino por la frontera entre la razón y la locura, sin preocuparme demasiado por la lucidez o la incoherencia de los acontecimientos presentes.
Pero las otras veces, cuando lo de afuera penetra en lo íntimo del ser, se abre un paisaje devastado. Todo lo razonable y lo miserablemente humano se mezcla en una pócima que debo beber de un trago.
Las otras veces miro por "el telescopio de lo invisible" por el que M. Proust veía los recuerdos en los ojos oxidados de los viejos y contemplo el futuro en el oscuro espejo del pasado.
viernes, 10 de enero de 2014
Burgheto
Cuando escapé de Burgheto, creí alejarme de de la miseria, pero los crueles recuerdos me persiguieron. Me crucé con caras de sospecha y con la ridícula presunción de los arruinados burgueses que enraizaron en aquellos cascajales. Las calles desiertas por el toque de queda del inhóspito invierno, con esa heladora luz azul de los crepúsculos mesetarios y los grises paseantes de domingo que sobreviven porque no les queda más remedio.
Traté inútilmente de liberarme de las cadenas de los afectos y caí, una vez más, en las redes de los agradecimientos. Como si tuviera una deuda pendiente y eterna con la ciudad que me amamantó, una deuda con el vacío.
Burgheto, donde solo los sueños te hacen libre. Tantas veces escapé sin poder salir, que desde la distancia siento la inquietud que me invadía en la lucha de cada día y aún conservo las cicatrices de la rebeldía.
He heredado el desasosiego, el disimulo, la impaciencia en la espera y las ingenuas destrezas que acumulo. Las alianzas imposibles, buscando partidarios de una idea peregrina en la plaza de la desolación, donde se amontonan artísticamente las piedras.
Un guía turístico explica la historia, enseñada por pedantes profesores y aprendida de memoria, para el rebaño que pace en sus palabras apretado para resguardarse de los vientos del norte. Este es el escaso movimiento de un invierno en Burgheto. Si al menos hubiera luces en las ventanas que revelaran algún secreto, un vestigio de vida, el insomnio de las musas...se diría que la ciudad no está muerta sino aletargada entre las gélidas sombras de una noche obtusa.
Al primer rayo de sol, Burgheto se despereza con la lentitud de los bueyes y se destapan las sepulturas innobles, sacando a la luz sus encogidos pobladores con el orgullo de falsos reyes.
Ahora que los recuerdos se desnudan, veo las carnes heridas, violáceas, que se yerguen y tristemente saludan.
Traté inútilmente de liberarme de las cadenas de los afectos y caí, una vez más, en las redes de los agradecimientos. Como si tuviera una deuda pendiente y eterna con la ciudad que me amamantó, una deuda con el vacío.
Burgheto, donde solo los sueños te hacen libre. Tantas veces escapé sin poder salir, que desde la distancia siento la inquietud que me invadía en la lucha de cada día y aún conservo las cicatrices de la rebeldía.
He heredado el desasosiego, el disimulo, la impaciencia en la espera y las ingenuas destrezas que acumulo. Las alianzas imposibles, buscando partidarios de una idea peregrina en la plaza de la desolación, donde se amontonan artísticamente las piedras.
Un guía turístico explica la historia, enseñada por pedantes profesores y aprendida de memoria, para el rebaño que pace en sus palabras apretado para resguardarse de los vientos del norte. Este es el escaso movimiento de un invierno en Burgheto. Si al menos hubiera luces en las ventanas que revelaran algún secreto, un vestigio de vida, el insomnio de las musas...se diría que la ciudad no está muerta sino aletargada entre las gélidas sombras de una noche obtusa.
Al primer rayo de sol, Burgheto se despereza con la lentitud de los bueyes y se destapan las sepulturas innobles, sacando a la luz sus encogidos pobladores con el orgullo de falsos reyes.
Ahora que los recuerdos se desnudan, veo las carnes heridas, violáceas, que se yerguen y tristemente saludan.
domingo, 29 de diciembre de 2013
El cambio del viento
Ha cambiado el viento. Se adentra lujurioso en las profundidades del bosque, haciendo temblar a las hojas que proyectan sus sombras inquietantes y despeinando a las palmeras sus coquetas crestas en la danza de los árboles.
Son vientos de cambio. Transportan en el aire las semillas de un nuevo ciclo, de nuevos tiempos que se agitan con el soplo fresco del naciente invierno, que por éstas latitudes es suave, templado y tierno.
Cambia el aire en un requiebro, las nubes atolondradas, pierden el rumbo en la oscuridad del cielo y se deshilan en vaporosos jirones como banderas del infierno.
La pobre niña tiene miedo. Se esconde tras los harapos de la falda que su madre ha traído desde Mexico. Hay rocío en su mirada, lejana y clara, proyectada al horizonte del futuro que no puede prometer nada.
Es tan extraño el aire nuevo, como nuevas son todas las cosas a sus ojos grandes y negros. Las palabras que no entiende, los tipos altos y güeros, tan distintos de su oscuro pelo y de su pequeño cuerpo trigueño, cosas que el viento esconde en su transparente vuelo.
Vienen vientos de esperanza. Arrastran las penas del pasado en los últimos días del año y limpian la pesada atmósfera que en las almas se había asentado.
Vientos nocturnos y azules que agitan los deseos, anuncian prosperidad y salud para trabajar, borrando las huellas del sinuoso camino que hasta aquí llegó para avanzar.
La flecha habría cambiado, apuntando hacia otro lado, si hubieran puesto veleta en lo alto del campanario.
El viento que soplaba del mar, haciendo rizos en las olas, ahora desconfiado se torva entre las humildes casas que azota. Pero son los últimos vientos, por ser los de ahora mismo, los que cambian a capricho, las vidas y los destinos.
Son vientos de cambio. Transportan en el aire las semillas de un nuevo ciclo, de nuevos tiempos que se agitan con el soplo fresco del naciente invierno, que por éstas latitudes es suave, templado y tierno.
Cambia el aire en un requiebro, las nubes atolondradas, pierden el rumbo en la oscuridad del cielo y se deshilan en vaporosos jirones como banderas del infierno.
La pobre niña tiene miedo. Se esconde tras los harapos de la falda que su madre ha traído desde Mexico. Hay rocío en su mirada, lejana y clara, proyectada al horizonte del futuro que no puede prometer nada.
Es tan extraño el aire nuevo, como nuevas son todas las cosas a sus ojos grandes y negros. Las palabras que no entiende, los tipos altos y güeros, tan distintos de su oscuro pelo y de su pequeño cuerpo trigueño, cosas que el viento esconde en su transparente vuelo.
Vienen vientos de esperanza. Arrastran las penas del pasado en los últimos días del año y limpian la pesada atmósfera que en las almas se había asentado.
Vientos nocturnos y azules que agitan los deseos, anuncian prosperidad y salud para trabajar, borrando las huellas del sinuoso camino que hasta aquí llegó para avanzar.
La flecha habría cambiado, apuntando hacia otro lado, si hubieran puesto veleta en lo alto del campanario.
El viento que soplaba del mar, haciendo rizos en las olas, ahora desconfiado se torva entre las humildes casas que azota. Pero son los últimos vientos, por ser los de ahora mismo, los que cambian a capricho, las vidas y los destinos.
viernes, 7 de junio de 2013
BROTA LA VIDA
El corazón se detuvo en invierno
Pasaba el tren cantando su monótona melodía, más aprisa que
las nubes, atravesaba los montes por oscuros túneles que de la luz lo alejaban,
en una carrera loca hacia el infierno.
Se llevaba el corazón a tierras desconocidas, dejando un
cuerpo inerte, sin refugio ni compañía. Pronto llegaría al mundo superpoblado
de los muertos. Sería un alma más entre las almas de antiguos emperadores,
jóvenes mártires, innumerables plebeyos,
sacerdotisas de Isis, motoristas temerarios, ancianos que perdieron la
apuesta con la eternidad en la tierra y artistas que ganaron la inmortalidad
para los que se quedaron.
Quizás fuese que la suerte ayudó a la cirugía, rescatando de
la muerte, a un corazón sin vida. Poco a poco, gota a gota se fue abriendo la
fuente de la sangre retenida.
El corazón volvió a amar cuando la primavera moría.
Entonces tuvo conciencia, de lo frágil de la existencia, del
destino de los campos que cantaban salmos al sol, del efímero azul de las
aguas, que solo dura hasta que sale la luna.
De nuevo brotaba la vida cuando el tren se detuvo en una
estación vacía, antes de su final destino, volvió la luz del amor a iluminar el
camino, las caricias olvidadas recobraron sus sentidos y el dolor y la angustia
se dieron por desaparecidos.
En el camino de regreso, aprendió que solo eso, el amor y
sus caricias, merecían una prorroga de vida.
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