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sábado, 13 de septiembre de 2014
El tiempo ausente
"Mañana y mañana y mañana...
...Apágate de una vez fugaz candela,
La vida es una sombra que pasa...
Es una historia contada por un idiota
llena de ruido y de furia.
Que no significa nada".
Macbeth (W. Shakespeare)
Sea una transición la vida,
entre el nacimiento y la muerte
con su dolor, su soledad y su alegría.
Sea bienvenido el tiempo ausente,
después de jugar esta partida.
La efímera belleza de los cálidos días,
la eternidad que se sucede permanente,
de las almas que quedaron suspendidas,
a la espera de una mejor suerte,
mientras nace una serie parecida.
Será breve el tiempo presente,
si se da la batalla por perdida,
aún siendo herido gravemente,
por mantener la vela encendida
dejando las horas inertes.
Vuela en el corazón herida
la esperanza del que siente
que tan solo bastaría
que después del tiempo ausente
la vida continuaría.
martes, 9 de septiembre de 2014
El camino del olvido
El calor sofocante de estas latitudes, próximas al trópico de Cáncer, unido a la humedad pegajosa que se confunde con el sudor salobre del cuerpo, me obligó a sumergirme en la bañera por tiempo indefinido. Perdí la cuenta de las horas, ni siquiera sentí como se arrugaba la piel, empezando por las yemas de los dedos. Una inmensa paz, parecida a la de los sueños más profundos, se fue apoderando de mi ser consciente como si el cuerpo fuese cambiando de estado hasta confundirse con la leve densidad del agua. Los huesos comenzaron a reblandecerse y comprendí que me estaba disolviendo.
La puerta del baño quedó entreabierta, por lo que no encontró obstáculo alguno cuando llegó la dueña de la casa, y vio la bañera llena de agua limpia, aunque no pudo disimular su extrañeza al comprobar que nadie más estaba en la casa. Después de pronunciar mi nombre repetidas veces, sin encontrar respuesta, levantó el tapón con la cadena y desaparecí por el sumidero.
Había transcurrido cierto tiempo de tan surrealista episodio, cuando la dueña regresó a la casa para reclamarme el alquiler, sorprendida por ser la primera vez que me retrasaba en el pago. Recogió del buzón la abundante correspondencia acumulada en ese tiempo; cartas del banco y de los suministros impagados con educadas amenazas de suspensión de la energía. Pero al no encontrarme, decidió acudir a la policía donde denunció mi desaparición y la reclamación de la deuda.
Es curioso comprobar cuando crees que a nadie le importas, la cantidad de gente e incluso instituciones y empresas, que empiezan a preocuparse por ti cuando dejas de pagar los recibos.
La policía comprobó que todas mis pertenencias seguían en la casa; la ropa en sus armarios y las maletas vacías en el altillo, ni una nota que justificase mi marcha. En las cuentas del banco, agotadas por los embargos, no encontraron ningún movimiento que delatase mi desaparición. También investigaron mis escasas relaciones, interrogando a gente que hacía meses que no veía y nadie pudo dar una pista de mi paradero. Por lo que decidieron archivar el caso a la espera de alguna prueba creíble para reabrirlo.
No había pasado demasiado tiempo cuando se inició el camino del olvido.
La casa volvió a alquilarse y los nuevos inquilinos enseguida la llenaron del calor de un hogar familiar y anodino. La policía continuó con el lucrativo trabajo de las multas a los despistados automovilistas y los viejos conocidos continuaron con sus vidas distraídas por los nuevos problemas de siempre. Ya ni siquiera llegaba el recuerdo distorsionado, que al principio les hacía opinar disparates sobre mi desaparición.
Yo nunca regresé, ahora vago en el olvido, en el ciclo perpetuo de las aguas y las fuentes que se deslizan desde los glaciales, entre las rocas de los ríos, hasta el océano de donde son absorbidas por el calor del cielo, formando viajeras y perezosas nubes, que descargarán en las tardes de Abril sobre los montes y los campos para volver a empezar su eterno recorrido.
Mientras tanto, alguien canta en la bañera contemplando su cuerpo temblar bajo el agua.
lunes, 8 de septiembre de 2014
La guerra de la Dependencia
Sólo los sabios saben mantener la distancia con el mundo. Ver las ciudades y los pueblos desde una nube y sentir que nada de lo que contemplan los pertenece y nada ni nadie puede decir que dependen de algo.
La guerra de la dependencia comenzó por algo tan humano como las necesidades, sean éstas económicas o afectivas, primarias o prescindibles y las mezclas correspondientes entre ellas. Y como en todas las guerras, arraiga la semilla del odio.
Es sabido que todos somos dependientes, de la sociedad y sus normas, de las leyes de cada país o del estado en que nos ha tocado vivir; pero en ésto, por inevitable, podemos firmar un armisticio, un alto el fuego en la lucha por las libertades, aunque sin bajar la guardia cayendo en la indiferencia.
La guerra más cruenta resulta cuando el enemigo es reconocible, es decir, en la relación de dependencia. Desde el nacimiento dependemos de los padres, que durante los primeros años resulta una relación llevadera, basada en el cariño; pero en el momento de estrenar la personalidad, buscando la independencia, comienzan las primeras fricciones, hasta que uno consigue o cree conseguir la autonomía afectiva y económica.
Una vez conseguida la desvinculación del hogar familiar, aún conservando los afectos, y la independencia económica que permite vivir por los propios medios, el sabio evitará caer en una nueva relación de dependencia, tanto con personas a su cargo como una relación en la que él mismo sea una carga para otro; lo que le llevará a una lucha permanente consigo mismo, terminando por ser su propia víctima.
La más cruel de las dependencia es la afectiva, el amor; por el que uno sacrificaría su libertad y la vida misma. Pero afortunadamente para ellos y para todos los demás, sabios, hay muy pocos.
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