Cree que es único y lo es.
Es único porque no hay otro igual en un universo cuajado de infinitos seres diferentes.
Su luz es ciega, pero ve el azul que recubre otros astros, otros cielos que no le corresponden.
Todo funciona ordenadamente dentro del caos cósmico, en las escorias esponjosas de la mente.
Esta esencia irrepetible hace al satélite vagar en soledad, con la dependencia gravitatoria de un mundo que ríe en el centro de su única órbita creada solo para él.
Quisiera liberarse de esa atracción satánica y flotar en el oscuro vacío del tiempo, rodar por el firmamento y jugar con las estrellas que le hacen guiños desde distancias imposibles.
Abrir las alas de la suerte en el dédalo enredoso de las galaxias, donde se perdió la memoria.
Presumir disfrazado de polvo de cometa solo para tu impúdica mirada.
Participar en la noche de San Lorenzo en la orgía que los astros precipitan y propician.
Rugir en la tempestad de los soles siendo luz y llamarada.
Solo con desearlo, se va deteniendo la enloquecida noria.
Otros satélites y asteroides rompieron su ruta obligada,
buscando un lugar en el espacio
y llenando de ilusiones la nada.

